Hugo Aboites*: UAM: hora de definiciones
La UAM ha tenido casi 20 huelgas y cerca de una decena de paros estudiantiles en sus primeros 50 años de vida. Dos años después de creada, ya enfrentaba su primera huelga (que ganó el sindicato). Y más tarde tuvo dos huelgas en un mismo año. La más reciente duró tres largos meses y la UAM, además de un desajuste de calendario y una aparente advertencia de Hacienda (se perdió un trimestre), tuvo que pagar hasta el último peso de 100 por ciento de salarios caídos de todas y todos los trabajadores, pues, pese a una fuerte división interna, el sindicato no cedió. Fue un triunfo relativo porque no se asumió como de todos. Y también, no hace mucho, un movimiento estudiantil encabezado por las mujeres de la UAM duró dos meses. Sólo terminó entre protestas de un segmento de las estudiantes, que acusaban a la estratega fundamental del proceso –la actual secretaria general de la UAM– de imponer la prisa en terminar el conflicto y dejar fuera demandas no satisfechas. No es normal la aparente facilidad con que en la UAM los conflictos se desbordan. Sirva sólo de dato de referencia el hecho de que en otra universidad pública y autónoma de la Ciudad de México, creada hace un cuarto de siglo, nunca ha explotado un conflicto laboral y sólo –en sus inicios– hubo un paro estudiantil. Y eso que recibe la mitad de presupuesto por estudiante que la Metro. ¿Por qué la UAM, en contraste, aparece como una institución extremadamente conflictiva? Hay muchas respuestas. Pero una, más general e importante, es que con tal de preservar la creciente estructura vertical y autoritaria que en muchos aspectos tiene la UAM, el énfasis no se ha puesto en ajustar o modificar ese dispositivo institucional, sino en resolver los conflictos que crea el mantenerlo y ampliarlo. Más que impulsar la participación democrática –cambiando estructuras y cultura institucional–, el énfasis se ha puesto en subrayar la participación burocrática como algo fundamental de la institución.
La UAM ha tenido casi 20 huelgas y cerca de una decena de paros estudiantiles en sus primeros 50 años de vida. Dos años después de creada, ya enfrentaba su primera huelga (que ganó el sindicato). Y más tarde tuvo dos huelgas en un mismo año. La más reciente duró tres largos meses y la UAM, además de un desajuste de calendario y una aparente advertencia de Hacienda (se perdió un trimestre), tuvo que pagar hasta el último peso de 100 por ciento de salarios caídos de todas y todos los trabajadores, pues, pese a una fuerte división interna, el sindicato no cedió. Fue un triunfo relativo porque no se asumió como de todos. Y también, no hace mucho, un movimiento estudiantil encabezado por las mujeres de la UAM duró dos meses. Sólo terminó entre protestas de un segmento de las estudiantes, que acusaban a la estratega fundamental del proceso –la actual secretaria general de la UAM– de imponer la prisa en terminar el conflicto y dejar fuera demandas no satisfechas. No es normal la aparente facilidad con que en la UAM los conflictos se desbordan. Sirva sólo de dato de referencia el hecho de que en otra universidad pública y autónoma de la Ciudad de México, creada hace un cuarto de siglo, nunca ha explotado un conflicto laboral y sólo –en sus inicios– hubo un paro estudiantil. Y eso que recibe la mitad de presupuesto por estudiante que la Metro. ¿Por qué la UAM, en contraste, aparece como una institución extremadamente conflictiva? Hay muchas respuestas. Pero una, más general e importante, es que con tal de preservar la creciente estructura vertical y autoritaria que en muchos aspectos tiene la UAM, el énfasis no se ha puesto en ajustar o modificar ese dispositivo institucional, sino en resolver los conflictos que crea el mantenerlo y ampliarlo. Más que impulsar la participación democrática –cambiando estructuras y cultura institucional–, el énfasis se ha puesto en subrayar la participación burocrática como algo fundamental de la institución.