Ortiz Tejeda: Nosotros ya no somos los mismos
Si al estar usted leyendo la columneta de hoy, lunes 3 de agosto, llega a su mente la idea de que lo escrito, usted ya hace mucho que lo sabía, no pierda tiempo tratando de encontrar la fuente originaria del texto que hoy trae usted entre manos. Está en lo cierto: en estas páginas, hace más de 10 años, la “bisabuela” de la joven Jornada de hoy, dio a conocer, por primera ocasión, el relato de uno de los días en los que más orgulloso y emocionado me he llegado a sentir. Ante el asombro de tirios y troyanos, el minúsculo ejército rebelde, integrado en su mayoría por jóvenes que jamás habían tenido en sus manos arma alguna, derrotó al ejército de la dictadura en Cuba. Una de las explicaciones que siempre saco a relucir es muy simple, pero también una realidad: los cubanos ya no aguantaban una vida, cuya cotidianidad era la de una esclavitud disfrazada y en la que los jóvenes no tenían otra herencia que no fuera poder repetir el destino de sus mayores. Estas condiciones objetivas y subjetivas fueron el combustible que en los pasados intentos no habían bastado, para alcanzar el triunfo, y que el primero de enero de 1959, se festejaba la huida del sátrapa Fulgencio Batista acompañado de una cantidad de dólares que la vida entera no le alcanzaría para derrochar. Así que Cuba tiene dos celebraciones históricas: el primero de enero, que ya describí, y el 26 de julio de 1953, fecha que dio inicio al levantamiento armado. Esta es la fecha que reconoce todo el mundo como la fiesta nacional cubana y ésta es la que hoy quiero compartir con ustedes.