Carlos Fazio: Trump, víctima de su endiosamiento
Desde el inicio de la guerra de agresión de Estados Unidos e Israel contra Irán el 28 de febrero pasado, lanzada a traición y con perfidia mientras Washington y Teherán sostenían negociaciones en materia nuclear, el conflicto ha pasado por distintas fases y se ha fragmentado y expandido por todo Medio Oriente. Instigado por el criminal de guerra y prófugo de la justicia internacional, Benjamin Netanyahu, inicialmente Donald Trump abordó el ataque furtivo de decapitación y pavor desde una lógica transaccional y estética: bombardear, obtener la imagen del colapso iraní y retirarse en un par de días (una réplica de la operación Nueva Venezuela). Sin embargo, a pesar de la violencia sin límites –la destrucción de infraestructura crítica de uso dual y del asesinato cupular selectivo del ayatollah Alí Khamenei y de un grupo de generales y científicos nucleares, y de al menos 200 civiles muertos y 750 heridos– no hubo cambio de régimen ni capitulación. Al contrario, Irán contratacó y, desde entonces, mediante una disciplinada, metódica y milimétricamente precisa guerra asimétrica de desgaste, que golpeó y “cegó” las sofisticadas bases militares (y paramilitares) y los nodos de inteligencia y comunicaciones del Comando Central (CentCom) del Pentágono en el teatro de operaciones del golfo Pérsico (Kuwait, Baréin, Qatar, Emiratos Árabes, Jordania y el Kurdistán), ha marcado el ritmo de la guerra y socavado el mito de la proyección de poder estadunidense.