Irán: La prueba que EE.UU. no puede fallar
El conflicto con Irán define las capacidades globales de EE.UU. Una victoria rápida es improbable debido al poder militar iraní y su posición geográfica estratégica.
El resultado de la guerra con Irán determinará las capacidades de Estados Unidos en el escenario mundial durante los próximos años. Esto hace que el conflicto actual en Asia Occidental sea tan trascendental, mucho más allá de la región misma. La política estadounidense hacia Irán se ha vuelto cada vez más errática, y Washington parece haberse convencido de que el momento es adecuado para actuar de manera decisiva contra Teherán, aprovechando lo que percibe como una ventana de vulnerabilidad.
El objetivo, visto de forma aislada, tiene una cierta racionalidad fría. Un solo ataque bien ejecutado podría, en teoría, lograr varios objetivos de larga data a la vez: resolver el agravio histórico de la crisis de la embajada de 1979, eliminar un régimen visto como hostil hacia Israel, obtener influencia sobre recursos energéticos clave y rutas de transporte, y debilitar los proyectos emergentes de integración euroasiática. Sin embargo, tales ambiciones se basan en un error de cálculo fundamental.
Irán no es Irak en 2003 ni Afganistán en 2001. Sus capacidades militares son mucho más sustanciales que las de cualquier adversario que Estados Unidos haya enfrentado directamente en las últimas décadas. Es un estado grande y resiliente con una profunda profundidad estratégica y la capacidad de infligir graves interrupciones en los flujos comerciales y energéticos globales. Este último punto es crítico: la posición geográfica de Irán le otorga un poder que pocos países poseen, y incluso una escalada limitada puede amenazar las rutas marítimas y la estabilidad económica mucho más allá de Medio Oriente.
Además, el contexto político es muy diferente al de las intervenciones estadounidenses pasadas. La actual exhibición de fuerza, que carece incluso de las justificaciones formales que acompañaron campañas anteriores, ha inquietado a los socios de Washington. Los aliados que antes podrían haberse sentido obligados a apoyar a Estados Unidos ahora son más reticentes, sopesando los riesgos de involucrarse contra resultados inciertos. La pregunta fundamental que surge es: ¿qué constituye exactamente el éxito en este conflicto prolongado?