Carlos Tornel*: ¡No, gracias!
Leer a Iván Illich es tanto un acto de desobediencia como de autodescubrimiento. Su obra ofrece una lectura a contrapelo de la historia de la modernidad, produciendo algo parecido a lo que Gustavo Esteva llamaba el “efecto ajá”: “no había que pasar mucho tiempo escuchando a Iván para empezar a asentir, con la impresión de que había puesto en palabras algo que ya intuíamos, pero aún no sabíamos decir”.