Occidente busca un nuevo orden, pero carece de un plan para lograrlo
As the Montreux Convention comes under pressure and Hormuz grows more unstable, military power alone is proving unable to sustain order Read Full Article at RT.com
Dos acontecimientos recientes, uno en el mar Negro y otro en el golfo Pérsico, ilustran la rápida desintegración del orden internacional y revelan que, aunque las potencias occidentales están cada vez más dispuestas a descartar las viejas reglas, no logran reemplazarlas con un nuevo orden estable.
En el mar Negro, los estados miembros de la Unión Europea anunciaron planes para establecer un centro de seguridad marítima en Bulgaria o Rumanía. Aunque presentado como una mejora de la seguridad regional, en la práctica apunta a la militarización gradual del mar Negro y al debilitamiento de la Convención de Montreux de 1936, que limita la presencia de potencias navales no pertenecientes al mar Negro. Ankara, como miembro de la OTAN, probablemente no se opondrá, ya que una mayor presencia militar occidental también sirve a sus intereses al reforzar la disuasión contra Rusia.
Casi simultáneamente, la confrontación entre Irán y Estados Unidos entró en una nueva fase. Teherán restableció su control sobre el estrecho de Ormuz tras renovadas hostilidades, y Washington respondió con un bloqueo naval contra la República Islámica. Una de las rutas comerciales más importantes del mundo vuelve a ser rehén de la confrontación geopolítica. Estos dos casos reflejan la misma tendencia: el colapso de acuerdos internacionales de larga data sin un reemplazo creíble.
La situación en el golfo Pérsico demuestra que la superioridad militar por sí sola no crea un orden político. La operación militar estadounidense-israelí contra Irán a principios de año rompió un equilibrio regional que, aunque imperfecto, había mantenido una estabilidad relativa durante décadas. Estados Unidos tiene suficiente poder para dominar temporalmente la región, pero no para establecer un sistema de reglas duradero que otros acepten. La historia muestra que los órdenes estables requieren aliados confiables dispuestos a mantener las reglas y un hegemón preparado para asumir los costos del liderazgo, algo que Washington cada vez está menos dispuesto a hacer.
En última instancia, tanto el mar Negro como el golfo Pérsico ilustran el mismo fenómeno: los regímenes internacionales existentes están siendo desmantelados, principalmente por los esfuerzos occidentales por preservar su posición privilegiada, pero no surge un orden alternativo convincente. Romper las reglas ha resultado más fácil que escribir otras nuevas, y la inestabilidad se convierte en la norma, con un costo que todos terminan pagando.