Cristina Rivera Garza: Timbre
Hace no mucho, en un viaje relámpago a Buenos Aires, visité la zona de un parque en que reparaban estatuas averiadas. Cercado por una reja de hierro, el sitio albergaba una serie disímbola de figuras en piedra o metal a la vista de todos: algunas, desnudas bajo la lluvia, se aproximaban la una a la otra en un beso trémulo y perene al mismo tiempo, mientras otra, sentada sobre un rectángulo de piedra, sostenía un mazo en el aire listo para golpear, en algún momento de la eternidad, el cincel que moldearía una pieza grande de mármol. Algunas elevaban el brazo derecho para siempre. Otras se preparaban para alzar el vuelo con su par de estáticas alas blancas. Los bustos de unos cuantos hombres, con toda seguridad héroes patrios o militares o sabios, se alineaban sobre estrados de concreto como si fueran los proverbiales niños de escuela que esperan, desesperadamente, el recreo. Tal vez el espanto o el aburrimiento que trasminaban sus gestos no se debía al tiempo, que se acumulaba frente a sus ojos fijos, sino al hecho de no tener cuerpo.
Hace no mucho, en un viaje relámpago a Buenos Aires, visité la zona de un parque en que reparaban estatuas averiadas. Cercado por una reja de hierro, el sitio albergaba una serie disímbola de figuras en piedra o metal a la vista de todos: algunas, desnudas bajo la lluvia, se aproximaban la una a la otra en un beso trémulo y perene al mismo tiempo, mientras otra, sentada sobre un rectángulo de piedra, sostenía un mazo en el aire listo para golpear, en algún momento de la eternidad, el cincel que moldearía una pieza grande de mármol. Algunas elevaban el brazo derecho para siempre. Otras se preparaban para alzar el vuelo con su par de estáticas alas blancas. Los bustos de unos cuantos hombres, con toda seguridad héroes patrios o militares o sabios, se alineaban sobre estrados de concreto como si fueran los proverbiales niños de escuela que esperan, desesperadamente, el recreo. Tal vez el espanto o el aburrimiento que trasminaban sus gestos no se debía al tiempo, que se acumulaba frente a sus ojos fijos, sino al hecho de no tener cuerpo.