Ortiz Tejeda: Nosotros ya no somos los mismos
Comienzo con dos noticias, una buena y una mala. La primera la motiva el sinnúmero de mensajes que me llegaron desde el lunes muy temprano para referirse a la columneta de ese día. La mala, y me apena confesarlo, es que en la abrumadora mayoría de los mensajes, los remitentes centraban sus textos en la persona de Monsi. Querían saber de su paso por la UNAM (y la verdad es que la pasó de noche), su militancia política, su rechazo permanente al licor y al cigarrillo y su fijación a lo estipulado por la sagrada Biblia Reina-Valera. Como yo me divierto recordando estos ayeres, decidí relatarles dos terribles bromas: una que le jugué yo, y otra, más adelante, con la que, con creces, me correspondió. Yo a él: Antes de las 6 de la mañana sonó el teléfono que contesté sabiendo que no dejaría de timbrar hasta que por desesperación me rindiera. Obviamente era Monsi, pero esta vez verdaderamente fuera de sí. “Necesito que vengas a la brevedad, me llegó una orden de aprehensión…” Ya no le dije nada, y antes de las 10 pasé a su casa. Seguramente estaba pegado a la puerta porque abrió al segundo.
Comienzo con dos noticias, una buena y una mala. La primera la motiva el sinnúmero de mensajes que me llegaron desde el lunes muy temprano para referirse a la columneta de ese día. La mala, y me apena confesarlo, es que en la abrumadora mayoría de los mensajes, los remitentes centraban sus textos en la persona de Monsi. Querían saber de su paso por la UNAM (y la verdad es que la pasó de noche), su militancia política, su rechazo permanente al licor y al cigarrillo y su fijación a lo estipulado por la sagrada Biblia Reina-Valera. Como yo me divierto recordando estos ayeres, decidí relatarles dos terribles bromas: una que le jugué yo, y otra, más adelante, con la que, con creces, me correspondió. Yo a él: Antes de las 6 de la mañana sonó el teléfono que contesté sabiendo que no dejaría de timbrar hasta que por desesperación me rindiera. Obviamente era Monsi, pero esta vez verdaderamente fuera de sí. “Necesito que vengas a la brevedad, me llegó una orden de aprehensión…” Ya no le dije nada, y antes de las 10 pasé a su casa. Seguramente estaba pegado a la puerta porque abrió al segundo.